Ser Humanos

Punto de encuentro entre personas

Quisiera comenzar con una pequeña aportación y, aprovechar para invitaros a compartir con todo el grupo los cuentos que os gusten, sean vuestros o, de otros autores.

Mi primer cuento es:

El monstruo del lago

Érase una vez la hija de un poderoso rey. Se llamaba Untombina y era muy valiente.
En el país en que ella habitaba existía un lago encantado al que ningún ser humano se acercaba. En el lago vivía un Monstruo que, sin compasión ni piedad, se llevaba al fondo a cuantos se extraviaban por aquella región y a los que equivocadamente intentaban bañarse en las claras aguas del lago.
Untombina había oído hablar con frecuencia del Monstruo y también sabía dónde estaba el lago que aquél habitaba.
Sucediéronse lluvias torrenciales y muy continuas en todo el país, y las tierras quedaron inundadas; entonces Untombina dijo a sus padres:
- Yo quiero ir a ver al Monstruo del lago para preguntarle si podría hacer cesar esta lluvia pertinaz.
Pero su padre, el Rey, se lo prohibió, y su madre derramó abundantes lágrimas a la sola idea de lo que pudiese suceder, ya que era terca Untombina, y lo más fácil de suponer era que el Monstruo la devorase.
En consecuencia, la muchacha permaneció en casa, más que por la prohibición paterna y los llantos de la madre, porque, estando el país inundado, se hacían los caminos intransitables.
Pero, al año siguiente, empezó a llover de nuevo y las aguas llegaron hasta lo más alto de los más altos muros que rodeaban el poblado, y Untombina no pudo contenerse por más tiempo. Quiso ir a toda costa al lago encantado y fue imposible disuadirla; ya ni escuchó la voz autorizada del padre, ni las lágrimas de desconsuelo de la madre la cambiaron de propósito.
Convocó a todas las muchachas del pueblo y eligió, de entre todas, a doscientas para que la acompañasen en el viaje. Vistióse como una novia. Siguiendo su ejemplo, las muchachas ataviáronse con sus mejores galas y sus más preciadas joyas.
Salieron juntas por las puertas del poblado. Untombina en medio y cien muchachas a cada lado del camino, formando como una Corte de honor. Riendo y cantando caminaban las jóvenes, como si llevaran a la novia al novio, y cuando encontraban por el camino a los mercaderes que, en grandes carretas tiradas por bueyes, recorrían el país, llamábanlos con voces joviales y gozosas y preguntábanles cuál, de entre todas, era la más bella.
Los hombres se acercaban y contestaban que ellos encontraban a todas muy lindas, pero ninguna comparable con Untombina.
- Pues - decían los mercaderes - la hija de vuestro rey es esbelta como el árbol de la altura y tan lozana coma la fresca hierba que brota después de las lluvias fecundas
Cuando las otras jóvenes oían estas palabras se enfadaban tanto que maltrataban a los mercaderes y los llenaban de improperios. Luego proseguían su camino. Era un alegre, espectáculo ver a aquellas encantadoras jóvenes caminando jovialmente, ataviadas con primor y luciendo sus mejores joyas, refulgentes al sol, y sus collares y brazaletes de ricas perlas.
Declinaba el día cuando las bellas muchachas llegaron al encantado lago. Y, al llegar, despojáronse de todas sus galas y saltaron al agua fresca y cristalina para bañarse a los últimos rayos del sol.
¡Qué alegres estaban las lindas negritas! Chapoteaban, tirábanse unas a otras agua del lago, brincaban, saltaban y nadaban alborozadas.
Desapareció el sol y tuvieron que buscar un sitio donde pudieran dormir. Realmente ya era hora de abandonar el placer del lago. Así lo hicieron, pero podéis imaginaros su espanto cuando advirtieron la falta de sus lindas sayas y vestidos, de los aros de los tobillos, collares y brazaletes.
- ¡Oh, oh, oh! - gritaron a una ­ ¡Mira, Untombina, el Monstruo del lago nos ha robado todas nuestras prendas y joyas! ¿Qué hacemos ahora?... Oh, Untombina, ¿qué hacemos ahora?
Gritaban tan fuerte como podían; tan sólo Untombina permanecía indiferente y altiva, contemplando a las muchachas asustadas.
Al fin la más atrevida de todas dijo gritando:
- ¡La culpa es tuya, Untombina; sólo tú nos has traído esta desgracia!
Otra, muy piadosa por cierto, propuso que todas se arrodillaran y suplicaran al Monstruo que les devolviera lo que les había robado.
Pero Untombina rehusó, altiva, la proposición.
- Yo soy la hija del rey - dijo - y no pienso humillarme ante el Monstruo.
Y diciendo esto se apartó de las otras muchachas que, entre lágrimas y sollozos, suplicaban al Monstruo les devolviese sus tesoros.
- ¡Oh, señor de este lago - clamaron - devuélvenos nuestras preciosas joyas y ricos vestidos! No quisimos hacerte ofensa ni daño. Fue Untombina, la hija de nuestro rey, la que aquí nos trajo. Solamente ella tiene toda la culpa.
Y entonces, de repente, vestido tras vestido, aro tras aro, collar tras collar, brazalete tras brazalete, empezaron a caer como llovidos del cielo sobre la orilla del lago.
Y, al cabo de un corto espacio de tiempo, las doscientas muchachas, que habían acompañado, a Untombina estaban vestidas y dispuestas a regresar al poblado.
Tan sólo Untombina no se había vestido. Altiva, permanecía erguida con los brazos cruzados sobre su pecho y, cuando las muchachas le rogaban que pidiera al Monstruo que le devolviese sus vestidos y sus joyas, ninguna palabra salió de sus labios.
- Oh, Untombina, hazlo, por favor. Pídeselos, Untombina - le suplicaban las muchachas.
Pero Untombina irguióse más altiva y más orgullosa aún, tanto que a los ojos de sus compañeras no parecía tan linda, y contestó:
- Jamás. Yo soy la hija de un rey y no suplico a nadie.
Cuando el Monstruo del lago oyó estas palabras, salió a flor de agua, apoderóse de la orgullosa muchacha y se la tragó.
Lanzando gritos de terror las muchachas huyeron como galgos y al llegar al poblado contaron lo que le había ocurrido a la hija del rey.
- ¡Oh! - sollozó el desventurado padre; - yo se lo había advertido innumerables veces, pero ella no quiso escucharme. Pero aguardad, muy pronto, la libertaremos de las garras del Monstruo.
Y ordenó:
- ¡Mis guerreros, armaos de vuestros escudos, lanzas, hondas, arcos y agudas flechas! ¡Vamos a libertar a mi hija!
Pronto todo un ejército de guerreros negros se puso en marcha hacia el lago encantado.
El Monstruo asomó la cabeza fuera del agua, y al ver a tantos guerreros, abrió su descomunal y gigantesca boca y se tragó a un sinfín de ellos con la facilidad con que antes se tragara a Untombina. Su enorme cuerpo parecía que iba agrandándose por momentos, y era verdaderamente espantoso ver cómo perseguía a los que intentaban salvarse; y así fue la persecución hasta las mismas puertas del poblado.
Pero junto a la puerta estaba el rey con la más aguda de las lanzas que poseía y se enfrentó con el Monstruo, cuyo cuerpo se extendía por casi sobre una legua de distancia, ¡tan enormes eran sus proporciones!
El viejo rey era un valiente guerrero muy diestro en el arte de batallar, y supo al instante dónde tenía que atacar a su enemigo. Primero le hundió la lanza en la garganta y luego le hizo un agujero en un costado. Por este costado empezaron a salir todos sus guerreros y finalmente la valerosa Untombina, más altiva que nunca.
El rey la tomó de la mano y la acompañó en triunfo hasta su madre, que tanto había llorado por ella.
Afortunadamente el Monstruo fue muerto, y el lago donde habitaba quedó, desde aquel instante, desencantado

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Respuestas a esta discusión

Takisé, o el toro de la vieja

Había una vez una vaca que se escapó del rebaño de su amo y se ocultó en un corral abandonado. Nació un lindo ternerillo y la vaca lo abandonó para volver al antiguo redil.
Y sucedió que una viejecita que por el lado del corral pasaba, vio al lindo ternerillo recién nacido y, compadeciéndose de él, llevóselo a su casa, donde lo alimentó con salvado, mijo y hierba.
Creció el ternerillo y pronto se convirtió en un toro magnífico.
Un carnicero propuso a la anciana que le vendiese el toro, pero ella se negó rotundamente.
- Takisé (tal nombre le había puesto) no está en venta - respondió.
El carnicero se presentó ante el rey y le dijo:
- Poderoso señor, la vieja Zeynubé tiene un toro magnífico, grande y rollizo, un ejemplar digno de pertenecerle.
El soberano, reconocido glotón, ordenó al punto ir en busca del toro de la vieja Zeynubé. Varios carniceros, al mando de un funcionario del palacio, llegaron a la choza de la anciana.
El funcionario dijo a la anciana:
- El rey ordena que nos entregues el toro para sacrificarlo mañana.
- Cúmplase la orden del rey - contestó la anciana; - no puedo oponerme a ella. Pero os ruego una cosa: llevaos a Takisé mañana por la mañana.
Accedió el funcionario palaciego. Al día siguiente volvió a presentarse acompañado de los carniceros.
Fueron a coger el toro, pero éste resopló de cólera y se dispuso a cornearlos.
Los matarifes se asustaron, y el funcionario dijo a la anciana:
- Vieja, ordena al toro que se deje pasar una cuerda por el cuello.
La anciana rogó al animal:
- Takisé, mi querido Takisé, deja que te aten con una cuerda.
El toro accedió.
Le llevaron a palacio. Una vez allí, lo tumbaron al suelo, le ataron las patas y uno de los matarifes, empuñando un enorme cuchillo, se acercó para degollarlo.
Pero la hoja de acero no pudo cortar ni un solo pelo de Takisé; éste tenía el poder de impedir que el acero penetrase en su cuerpo.
El rey, enojado, hizo comparecer a la anciana, y le dijo:
- Si no consiguen degollar al toro ordenaré que te maten a ti.
La pobre anciana acercóse al toro y, acariciándole el testuz, le dijo:
- Takisé, mi querido Takisé, ¡déjate degollar!
Takisé inclinó el testuz.
Degollaron al magnífico animal; luego lo desollaron y descuartizaron. Entregaron toda la carne al rey glotón, pero éste ordenó que diesen a la vieja la grasa y las tripas.
La anciana puso los restos que le entregara el rey en un cesto y regresó, triste y afligida, a su choza. Metió los restos en una tinaja, recordando apenada la muerte de su querido Takisé.
Y sucedió que, a partir de aquel día, cuando la anciana se levantaba, encontraba la choza limpia y aseada, las tinajas llenas de agua y todos los quehaceres listos.
Intrigada, la anciana resolvió aclarar el misterio.
Una mañana salió de la choza, cerró la puerta y se puso a vigilar por una rendija lo que ocurría en el interior.
Breves instantes después percibió un ligero ruido y luego el rumor de unas escobas que barrían el suelo.
Abrió la puerta de repente y vio a dos lindas jovencitas que corrieron a esconderse en la tinaja.
- No os escondáis - les dijo la anciana. - No os haré ningún daño.
Las dos jóvenes se acercaron, entonces, a la anciana y la saludaron cariñosamente.
Y la viejecita dióles un nombre: Ausa a una de ellas y Takisé - en recuerdo del amado toro - a la más linda.
Nadie conocía la existencia de las dos jovencitas, pues jamás salían de la cabaña.
Pero he aquí que un día llamó un forastero y pidió de beber.
Takisé sirvióle bondadosamente.
El forastero, mientras bebía, se fijó en su rostro y quedó tan prendado de su belleza que, sin pérdida de tiempo, se lo comunicó al rey, a quien, precisamente, iba a visitar.
Ordenó el soberano que la vieja se presentase inmediatamente acompañada de la hermosa Takisé.
Cuando vio a Takisé, quedóse tan prendado de ella (jamás había visto belleza más perfecta) que al punto dijo a la anciana:
- Tu hija es bellísima, y quiero que sea mi esposa.
- Señor rey - respondió la anciana - no puedo oponerme a tus deseos. Pero quiero que me hagas una promesa: no permitas que Takisé salga jamás al sol ni se acerque el fuego, porque se derretiría como la manteca.
El rey lo prometió.
Pocos días después Takisé era la esposa del soberano.
Llegó un día en que el soberano tuvo que visitar una de sus ciudades lejanas. Y sucedió que sus hermanas, envidiosas, se pusieron de acuerdo para desembarazarse de su cuñada. Sabían que a Takisé le era funesto el calor.
Las cuñadas dijeron:
- Queremos ver cómo tuestas unos granos de sésamo.
- No puedo acercarme al fuego - respondió Takisé.
- Lo que te pasa es que eres una perezosa - le replicaron. - Tuesta esos granos de sésamo o, de lo contrario, te mataremos y arrojaremos tu cadáver al río.
Asustada, la pobre Takisé obedeció.
Y, ¡oh destino!, mientras tostaba los granos, empezó a derretirse como la manteca al calor del sol y se convirtió en un líquido aceitoso que originó un caudaloso río.
Unos cuantos días después regresó el rey de su viaje y lo primero que hizo fue gritar:
- ¡Takisé! ¡Mi Takisé!
Una de las hermanas se le acercó y le dijo:
- Durante tu ausencia, Takisé púsose a tostar unos granos de sésamo y la pobrecita se derritió como si fuese de manteca y, al derretirse, se ha formado ese río caudaloso que ves allí.
El rey se quedó aterrado, y, loco de dolor, echó a correr hacia el nuevo río formado con el cuerpo de su amada Takisé.
Al llegar a la orilla transformóse el rey en hipopótamo y sumergióse en las aguas en busca de Takisé. Y ésta, que adoraba a su esposo, tomó la forma de caimán y se arrojó también al agua para no separase jamás del rey, que era su amor.
Por esto, desde entonces, los hipopótamos y los caimanes viven siempre juntos en los ríos y en los esteros.

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